. JESUS GUAJARDO: PINTOR
Las calles son “tierrosas”, la banqueta caliente, el aire pesado, las ventanas abiertas, las mujeres tomando el fresco en la calle, en sus mecedoras, los gatos volando, las jóvenes se enamoran... la pintura ha dejado de estar fresca, más por el efecto del calor del desierto que por el tiempo nuevo y el tiempo viejo que existe en ellas...
Es la vida de los pueblos del norte, la vida de sus personajes que han quedado capturadas en cada lienzo, en cada trozo de tela blanca que se ofrece al paso amable, suave y seductor del pincel, trazo cargado de óleo, pigmento y aguarrás.
La pintura de Jesús Guajardo ha robado el espíritu a cada rincón de Monclova, de su tierra buena, de esta tierra árida que reseca la garganta, de esta tierra pigmentada, para exponerla por el mundo, por sus plazas, por donde nadie le ha mirado jamás.
Jesús conoce Monclova y el noreste mexicano por más de dos siglos, desde hace más de diez generaciones. A “su pueblo” le trae en la sangre, en el inconsciente generacional; de esta sangre colmada de herencia que corre al ritmo de la pintura, con la densidad de los versos, de la poesía: la pictórica y la escrita, que le ha permitido salir de la patria, radicar en Nueva York, perderse por entre sus calles transitadas, los rascacielos, la vida subterránea de las líneas del subway, con los artistas latinos de Manhattan, que se esconden entre las razas del mundo entremezcladas en una sola ciudad...
En la tierra de la libertad conoció la soledad... en su pueblo, Monclova, conoció la identidad En la tierra de la gran manzana comió a mordidas las nuevas corrientes artísticas Contemporáneas...
En su pueblo tierroso pinta según la corriente del viento del norte, del aire caliente, texturizado, ocre... permanente, atemporal.
Chuy, Jesús Guajardo de los Santos, es el pintor de Monclova, de su gente, de sus calles, de esta nueva generación encargada, por convicción, de hacer arte, de esta raza que por amor al terruño transforma su entorno árido en colores, en lienzos, en palabras, en obra, para que quede constancia que ni Macondo ni Comala son los únicos pueblos donde el tiempo se ha quedado, para tornarlos eternos, bellos... universales.
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